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Conóceme

A los sesenta años he vuelto a encontrarme con Dios. Sin embargo, sería inexacto afirmar que se trata de un descubrimiento repentino o del nacimiento de una fe que antes no existía. No he llegado a Él desde la nada, ni como quien encuentra por azar una realidad completamente desconocida. Lo que ha sucedido ha sido, más bien, el despertar de algo que permanecía en mí desde hacía muchos años: una presencia silenciosa, una inquietud profunda, una semilla depositada en algún lugar del alma que el tiempo, las circunstancias y las obligaciones de la vida habían mantenido oculta.

Durante décadas, aquella llamada permaneció atenuada bajo el peso de la existencia cotidiana. La responsabilidad, el trabajo, las preocupaciones y las heridas propias del camino fueron levantando una distancia que parecía alejamiento, aunque nunca llegó a convertirse en olvido verdadero. Dios no había desaparecido; era yo quien había aprendido a vivir entre ruidos que dificultaban escucharle.

Hay realidades espirituales que no mueren cuando dejamos de mirarlas. Permanecen bajo la superficie, aguardando el instante en que la vida nos obliga a detenernos y contemplar aquello que durante años evitamos reconocer. La fe puede quedar sepultada, pero no siempre queda extinguida. A veces se conserva como una brasa bajo las cenizas, invisible y silenciosa, hasta que un soplo inesperado vuelve a encenderla.

Ese despertar no llegó acompañado de prodigios ni de revelaciones extraordinarias. Se manifestó de una manera más íntima: como una necesidad creciente de silencio, como el deseo de comprender, como la nostalgia de una verdad conocida y, al mismo tiempo, olvidada. Comencé a sentir que muchas de las preguntas que había aplazado durante años reclamaban ahora una respuesta. No eran únicamente preguntas intelectuales acerca de Dios, de la Biblia o de la figura de Jesús de Nazaret. Eran preguntas sobre mi propia vida, sobre el sufrimiento, el sentido, el perdón, la esperanza y el destino último del ser humano.

A los sesenta años, la mirada sobre la existencia ya no es la misma. El tiempo deja de percibirse como una promesa ilimitada y comienza a mostrarse como un bien precioso. La memoria adquiere otra profundidad; las pérdidas pesan de manera diferente y las heridas antiguas reclaman una reconciliación que no puede seguir posponiéndose. Uno comprende que no todo puede resolverse mediante la voluntad, la razón o la experiencia. Hay regiones del alma a las que solo se accede mediante la humildad.

En ese punto del camino, Dios volvió a hacerse perceptible. No como alguien que regresaba después de una larga ausencia, sino como Aquel que había permanecido esperando. Comprendí entonces que quizá nunca había dejado de llamarme; simplemente, yo no había sabido reconocer su voz entre tantas voces distintas.

Este reencuentro tampoco constituye una negación de la vida anterior. No significa despreciar los años vividos ni renunciar a la historia personal. Todo cuanto he experimentado —los aciertos, las equivocaciones, el dolor, las responsabilidades y los momentos de oscuridad— forma parte del camino que me ha conducido hasta aquí. La fe no borra la biografía: la ilumina. No elimina las cicatrices, pero permite contemplarlas desde una perspectiva nueva.

He llegado a comprender que una vocación no siempre se manifiesta al principio de la vida. Algunas llamadas aparecen en la juventud; otras necesitan atravesar largas décadas de silencio. Tal vez no sean vocaciones tardías, sino vocaciones detenidas en el tiempo, preservadas hasta que la persona está preparada para recibirlas con madurez.

Por eso, no vivo este momento como el comienzo de algo completamente ajeno, sino como la continuación consciente de una historia espiritual que nunca llegó a interrumpirse del todo. Algo dentro de mí sabía que este día acabaría llegando. Algo permanecía esperando, incluso cuando yo creía haberlo olvidado.

El reencuentro con Dios a los sesenta años ha sido, por tanto, un regreso y un descubrimiento al mismo tiempo: regresar a una presencia conocida y descubrirla con una profundidad nueva. Es volver a una casa que sigue siendo familiar, aunque ahora sus habitaciones se contemplen con otros ojos.

Desde ese momento, el estudio de la Biblia, la investigación sobre Jesús de Nazaret, la reflexión teológica y la oración han dejado de ser únicamente materias de interés intelectual. Se han convertido en caminos de búsqueda interior. Estudiar ya no significa solo acumular conocimientos, sino acercarme con respeto al misterio; escribir no consiste únicamente en ordenar ideas, sino en dar testimonio de una transformación.

No sé adónde conducirá este camino. La fe no ofrece un mapa completo ni elimina todas las incertidumbres. Lo que ofrece es una orientación, una luz suficiente para avanzar y la certeza de que ninguna búsqueda sincera carece de sentido.

A los sesenta años no he encontrado una respuesta definitiva para todas mis preguntas. He encontrado algo más importante: la voluntad de volver a formularlas ante Dios. He aprendido a permanecer en silencio, a escuchar y a aceptar que el misterio no es una ausencia de verdad, sino una verdad cuya profundidad supera nuestras palabras.

Mi reencuentro con Dios no ha sido el nacimiento de una fe inexistente. Ha sido el despertar de una presencia antigua; el regreso de una voz que había permanecido apagada, pero nunca destruida. Como el agua que discurre bajo la tierra y vuelve a brotar cuando encuentra una abertura, la fe ha reaparecido en mi vida para recordarme que aquello que verdaderamente pertenece al alma puede permanecer oculto durante años, pero no desaparece.

Hoy comprendo que Dios no llegó tarde. Tampoco yo llegué tarde a Él. Llegamos al momento en que mi vida estuvo preparada para reconocer que, en realidad, Él nunca se había marchado.

Mi vocación espiritual

Exploración profunda

El estudio de la fe no es solo académico; es un viaje espiritual que une el conocimiento y la contemplación.

Investigación rigurosa

Mi trabajo se fundamenta en una rigurosa investigación teológica y histórica, buscando siempre la verdad.

Divulgación accesible

Escribo para compartir, no solo para informar. Mi lenguaje busca ser claro y comprensible para todos.